MARIAM

Recuerdos de infancia.

Corría el año 1988. En una callejuela empedrada, que ahora se ha convertido en un nido de mansiones, abrieron una pequeña zapatería con grandes ventanales por donde se podía observar la mercancía. Para un pueblo de dos mil personas era una gran novedad, además de una herramienta muy útil para no tener que ir a la ciudad a comprar unas simples zapatillas de andar por casa.

Los adoré en cuanto los vi. Eran de un azul precioso y brillante, dignos de una princesa. Pero tenían un discreto tacón de tres centímetros… y yo tenía seis años. Mi madre se negó durante semanas a comprármelos. Pasábamos por allí cada vez que la acompañaba a misa, cosa que odiaba porque había que estar siempre callada, y me dejaba parar solo dos segundos para admirarlos. Parecía decidida a negármelos para siempre, pero cuando llegó mi cumpleaños… allí estaban.

Dice mi madre que no me los quitaba a no ser que ella me obligase, y que pretendía llevarlos incluso al colegio. Aquel fue mi primer tesoro; el primer objeto que adoré. De repente, un día desaparecieron de mi memoria. No recuerdo qué fue de ellos y, si soy sincera, apenas me acuerdo de los momentos en que los llevaba; pero nunca olvidaré el anhelo que sentía cada vez que los veía en aquel modesto escaparate.

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