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La pedida de mano

En las novelas románticas es muy frecuente que uno de los puntos álgidos en la trama sea la pedida de mano. Pero en el caso de las novelas históricas, ¿realmente eran esas pedidas de mano como las describen nuestros autores favoritos? ¿Existía la tradición tal y como la conocemos hoy día? ¿Y el anillo? ¿Formaba parte de esta fórmula?

La petición de mano es tan antigua como el tiempo, pues a lo largo de la historia siempre se ha considerado un acto que tuvo notable importancia en la vida social, aunque poco tiene que ver con las almibaradas escenas de la actualidad, pues, para empezar, la novia no solía estar presente.

No es difícil imaginar, pues todos conocemos la ausencia total de libertad a la que han estado sometidas las mujeres en el pasado, que este acontecimiento era más bien una transacción que se cerraba entre el padre de la novia y el novio, o incluso entre las familias de los novios sin que ellos estuviesen ni conformes ni informados..

La idea que tenemos de la pedida de mano y que reflejan las novelas románticas, es bastante opuesta al proceso que se llevaba a cabo, basado en acuerdos matrimoniales por conveniencia, donde primaban los intereses familiares, sociales y económicos.

La petición o pedida de mano es un protocolo tradicional por el cual el novio, por mediación de sus padres o un intermediario (peticionario), pedía el consentimiento a los padres de la novia para contraer matrimonio con ella. Este permiso se ha hecho desde antaño porque imperaba el principio de subordinación de la mujer al hombre. De hecho, en un principio, en la petición de mano sólo intervenía el padre de la novia y el padre del novio, peticionario o el hermano del novio, en el caso que no tuviera padre.

La unión de las manos posee un simbolismo sagrado. Juntar las manos es un símbolo de unión que se ha convertido en una seña de amor y de compromiso;

El matrimonio es, y siempre ha sido, una de las instituciones más importante en la vida del ser humano. Su importancia deriva de la necesidad y el deseo de vivir juntos, procrear y establecer fuertes lazos sociales entre distintos clanes, familias, monarquías… Esto último, es el motivo por el que los enlaces primigenios (sociedades prehistóricas) se basaban en acuerdos económicos entre los padres de los contrayentes, pues suponían un intercambio de bienes entre ambas partes.

Las familias tenían capacidad de decisión sobre el futuro de sus hijos, concertando el matrimonio aunque los contrayentes no se conocieran. Tampoco se consultaba su opinión, y, sin duda, la peor parte se la llevaba la mujer, quien en muchas culturas ha sido tratada como moneda de cambio, ya que se procedía a su compra.

William J. Fielding (1965) en el libro Curiosas costumbres de noviazgo y matrimonio explica que la palabra inglesa wedding deriva del vocablo de origen bárbaro wed, que significa importe de compra. Este importe de compra lo conformaban los bienes o el dinero que el novio pagaba a los padres de la novia a cambio su mano.

Hasta la mitad del siglo XVI, los anglosajones practicaron este sistema de compra de la novia, según indica el autor;  pero en muchas regiones del mundo dicha práctica se dilató en el tiempo, y, de hecho, en muchas culturas atrasadas del mundo contemporáneo continúa ejerciéndose.

Parece ser que el matrimonio por compra tuvo por origen el matrimonio por rapto. En tiempos primitivos, los hombres raptaban a las mujeres para casarse con ellas. Esto suponía un desafío para la tribu de la mujer que, enardecida, solía atacar a la tribu del raptor. Para evitar estos conflictos, a menudo bélicos, la tribu del novio comenzó a ofrecer una retribución por la mano de la novia de la otra tribu y, de esta manera, se gestó el matrimonio por compra.

La compra de la novia era posible debido a que imperaba el principio de sumisión o de pertenencia sobre la mujer. La mujer era propiedad del padre, quien decidía sobre ella hasta que lo hiciera su marido. Buena parte de los pueblos que practicaban la compra de la mujer lo hacían a plazos, desde que la novia era niña o, incluso, antes de que ésta hubiera nacido. Hasta que no se completaran estos plazos, la pareja no podía casarse.

Cuenta William J. Fielding, antes citado, que en las antiguas leyes inglesas, existían disposiciones según las cuales, el novio debía acordar con los padres de su futura esposa qué cantidad se le destinaba a ella. Se trataba de escrituras matrimoniales donde quedaba reflejado el capital que aportaba cada parte al matrimonio. Estas escrituras se calcula que existieron desde el año 100 a.C, y, en cierta forma, perduran en la actualidad aunque, naturalmente, sin el precio por algún cónyuge.

LA DOTE

Por su parte, la dote, era el caudal que la novia aportaba en el matrimonio. Consistía en el conjunto de bienes que los padres donaban a su hija, cuyo valor daba más o menos honorabilidad al matrimonio.

La dote de cada pueblo y de cada época tuvo un usufructo diferente, que aquí no se va a mencionar. Un hito importante fue el que promulgó la ley romana, que estableció  que la dote fuera propiedad exclusiva de la mujer, permitiendo hacer uso de él al marido sólo durante la duración del matrimonio, pasando después a los hijos (similar al sistema actual).

La dote es de suma importancia para explicar los matrimonios por interés económico. Este elemento, junto con la pertenencia de la novia respecto a su padre, justifican la escrupulosidad que posteriormente vino rodeando a  la petición de mano, al menos en España, hasta los la década de 1960.

La religión cristiana se opone decididamente al matrimonio por conveniencia y a aquél formulado en contra de la voluntad de los contrayentes. En ese sentido, la Iglesia dignificó a la mujer,  estimulando su capacidad para elegir al esposo.

El matrimonio cristiano se basa en en tres pilares:

1) Ha de estar fundado en el amor mutuo.

2) Ha de estar sujeto al rito espiritual.

3) Ha de estar consentido por parte de los cónyuges.

A pesar de los designios de la Santa Madre, lo cierto es que la libertad de la elección del cónyuge es una conquista más bien reciente, ya muy entrado el siglo XX, y muy supeditado al desarrollo de cada zona o país.

EL ANILLO

El anillo de compromiso siempre se ha entregado durante los esponsales, pero la simplificación de las cosas hizo que fuera aunándose petición y los esponsales, de modo que el anillo ahora lo entrega el novio en la pedida a su futura esposa.

El acuerdo del matrimonio quedaba fijado a través de la imposición de un anillo a la futura esposa. Se desconoce la fecha de esta costumbre pero, según constata William J. Fielding, en su libro Curiosas Costumbres de Noviazgo y Matrimonio, el sellar el compromiso con un anillo es una costumbre muy antigua que procede de la arcaica tradición de entregar un anillo como señal de conformidad en todos los pactos sagrados o importantes.

De esta manera, la entrega del anillo se traduce en conformidad, en un “de acuerdo”. Otra cosa es el significado de su forma, de la que se contemplan varias teorías: el círculo simboliza la unión ininterrumpida, la unión eterna. Dado el sentido de esta forma, otros objetos han mediado en el enlace matrimonial, como el brazalete de cabello trenzado o los rizos encerrados en una cajita que se le obsequiaban a la mujer contrayente. Otra teoría es la que sostiene que los brazaletes con los que se encadenaban a las esclavas o mujeres capturadas, permanecían con ellas siempre. Estos brazaletes o grilletes, por tanto, entrañaban una muestra de sumisión y fidelidad al amo. Así, el anillo de compromiso evocaba a los grilletes.

Respecto a la posición en el dedo, el anillo se instala en el dedo anular porque se decía que es en este por donde brotan las venas que conducen a la parte del cuerpo donde se esconde el amor y el honor. La mujer porta su anillo de compromiso en el dedo anular de su mano izquierda, mientras que el hombre lo lleva en su mano derecha. Siempre se ha dicho que hay que impedir llevar más de un anillo en la misma mano, sobre todo en la que se instala el anillo de compromiso, pues desdice su valor espiritual.

El protocolo, además, mandaba que  el primer anillo de un/a joven debía ser el anillo de compromiso. Sólo podía llevar, excepcionalmente, la sortija del escudo de armas (sello) en su dedo meñique, en la mano izquierda, en el caso de las mujeres, y en la mano derecha en el caso de los hombres.

Originariamente, el anillo se entregaba en la formalización del compromiso. Más tarde, se haría en las bodas.

FUENTE:Web Protocolo

 

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